Si sientes que el estrés y la ansiedad te superan, que por más que hagas nunca es suficiente y que la calma es algo que parece reservado para otros, no estás solo. Es algo que veo a menudo en consulta. ¿Te has preguntado por qué siempre estás en modo «hacer», por qué cuesta tanto parar o por qué el descanso te genera culpa? Aquí te cuento algunas de las razones que pueden estar detrás y cómo empezar a cambiarlas.
La autoexigencia: ese jefe interno que nunca descansa
Tal vez creciste con la idea de que solo si lo haces todo bien (o mejor que bien), serás suficiente. Que tu valor depende de lo que logras, no de quién eres. Esta voz interna que exige sin descanso es agotadora y, con el tiempo, genera estrés crónico y ansiedad. No es casualidad que muchas personas que experimentan ansiedad también tengan un discurso interno muy crítico consigo mismas.
Aprender a identificar esa voz, a desafiarla y a darte permiso para equivocarte es un paso clave para recuperar el equilibrio. No se trata de dejar de esforzarse, sino de encontrar una manera más sana y compasiva de avanzar.
El «hacer» por encima del «ser»
Nos han enseñado a medirnos por la productividad, a llenar cada minuto de tareas, a sentir que el descanso es una pérdida de tiempo. Pero, ¡ojo!, vivir así te desconecta de ti mismo. Cuando el día se basa en «cumplir» en lugar de «sentir», el cuerpo y la mente empiezan a pasar factura.
El problema es que esta mentalidad de «hacer para valer» suele venir de patrones aprendidos en la infancia o adolescencia. Si en casa se premiaba más el esfuerzo que el bienestar, si el reconocimiento venía solo cuando alcanzabas ciertos logros, es normal que hoy sientas que descansar es «perder el tiempo». Pero ¡no lo es! Cuidarte también es una forma de avanzar.
La trampa de la multitarea
Ir con el piloto automático de una cosa a otra sin pausa parece eficiente, pero en realidad es una forma de desgaste. Si sientes que vives en una carrera sin meta, tal vez sea momento de preguntarte: ¿estoy eligiendo mi ritmo o solo me dejo arrastrar por la inercia?
Estudios han demostrado que la multitarea no solo no nos hace más eficientes, sino que aumenta los niveles de cortisol y fatiga mental. Es un círculo vicioso en el que creemos que cuanto más hagamos, mejor, cuando en realidad nos estamos agotando sin obtener mejores resultados.

La sobrecarga de tareas y responsabilidades puede desencadenar crisis de ansiedad.
La necesidad de estar en todas partes
Si intentas llegar a todo, cumplir con todos, no fallarle a nadie, el resultado suele ser un cansancio extremo y una sensación constante de insatisfacción. ¿Cuándo fue la última vez que te priorizaste sin sentirte egoísta?
El miedo a defraudar suele estar en la base de esta necesidad. Creemos que si no estamos presentes en todo momento, si no ayudamos, si no resolvemos, dejaremos de ser valiosos. Pero la verdad es que solo desde el equilibrio podemos dar lo mejor de nosotros. Aprender a decir «no» también es un acto de autocuidado.
La incapacidad de delegar
A veces sentimos que si no lo hacemos nosotros, no estará bien hecho. Esta necesidad de control puede nacer de una infancia donde tuvimos que asumir demasiada responsabilidad o donde nos hicieron creer que ser fuertes significaba no necesitar ayuda.
Aprender a soltar es clave para aliviar la carga mental. Delegar no significa ser menos capaz, sino reconocer que no podemos con todo y que está bien apoyarse en los demás. Practicar la confianza en los otros y darnos permiso para compartir responsabilidades es fundamental para reducir el estrés.
La desconexión con las propias necesidades
Cuando pasamos años priorizando resultados, metas, expectativas externas, es fácil olvidar lo que realmente necesitamos. Nuestro cuerpo pide descanso, pero seguimos adelante. Nuestra mente necesita pausas, pero seguimos forzándonos. Escucharse es un arte que, por suerte, se puede reaprender.
Si te cuesta identificar lo que necesitas, prueba a hacer pausas durante el día y preguntarte: ¡¿Qué quiero ahora mismo?! Puede ser descanso, puede ser movimiento, puede ser desconectar del trabajo. Dar pequeños pasos en esta dirección puede marcar una gran diferencia.
Todo viene de algún lado
Muchos de estos patrones no nacen de la nada. Puede que en la infancia o adolescencia el éxito y la eficiencia fueran más importantes que las emociones. Quizás aprendiste a valorarte según lo que conseguías y no según cómo te sentías. La buena noticia es que no estás condenado a repetir este ciclo. Puedes empezar a escucharte, a tratarte con amabilidad y a equilibrar lo que haces con lo que necesitas.
El cambio empieza con la conciencia. Cuanto más entiendes de dónde vienen tus patrones, más fácil es empezar a desmontarlos y a construir una relación más sana contigo mismo.

Muchos de nuestros patrones de autoexigencia vienen desde la infancia.
¿Y ahora qué?
Si te identificas con esto, dar el primer paso puede marcar la diferencia. En consulta en Palau-solità i Plegamans trabajo con personas que quieren liberarse de estos patrones y aprender a vivir con más calma y menos autoexigencia. Si sientes que ha llegado tu momento, estaré encantada de acompañarte en este proceso de cambio.
El bienestar no es un lujo ni un premio por haber trabajado duro. Es algo a lo que tienes derecho ahora mismo. Si quieres explorarlo conmigo, estoy aquí para ayudarte.